Basta
con cruzar el umbral del chigre para notar ya sobre el terrazo que se ha
llegado a la estancia de lo mítico. Siempre se vuelve a Ca Beleño.
Una simple mirada alrededor y se deja uno llevar por el oleaja del folk
y el aroma a añorada tierra atlántica. No son los cuadros,
las paredes, la madera cálida o la lumbre del llar cobijado el carajillo
o el lingotazo... y si se tercia -que se tercia- una buena pinta; es tan
solo el nombre, suficiente para echar la vista atrás y allegarnos
a 1987, mes de Octubre. Nacia entonces lo que hoy se reconoce por su trayectoria
con las músicas célticas y sus compromisos sociales, no solamente
en Oviedo sino allende fronteras. Un lugar donde el extranjero, que aquí
deja de serlo, viene a reposar su beca Erasmus con la políglota confianza
de quienes -pese a la distancia- se encuentra en su propia casa. Donde Asturias,
Irlanda, Gales, Caledonia y Albión son hermanas mayores de quien
se arrima a una barra plegada siempre de camadería. Las leyendas
no son gratuítas.
Quien hoy este allende Asturias envuelto en folk encontrará, usando
el nombre de Beleño, la contraseña mágica a la llave
de un sinfín de amigables puertas... olvidemos fechas, olvidemos
días y escojamos al azar cualquier instante, sin forzar la memoria
porque los recuerdos afloran fácil entre estas paredes: “Shooglenifty”,
“Bleizi Ruz”, “Capercaillie”, “Tannahill Weavers”,
“Morrison”, “Mac Manus”, “Dixebra”,
“Deanta”, “Llan de Cubel”, “Angus Grant”,
John Mac Sherry”, “Gwertz”, “Tamaín”,
“Miró”, “St. Patrick Day”...
Alineación en letanía de un rosario de reyes celtas; reyes
en lo suyo. La música de raíz que atrae a propios y extraños
y envuelve tantas historias, tantas imágenes, tantso sueños,
estancias, idas y venidas y tantos adioses quel al beleño siempre
vuelve. Y es que aquí hay lugar, entre revolucionarias campañas
del primer “póntelo-pon-i-lu”, y diatribas nacionaliegas,
para escuchar la historia del recien llegado o dejar paso al romanticismo
alegre de impecables antroxos plenos de piratas o premiadas escenas medievales.
Y hay tiempo sobre todo para los “eternos” del lugar, propias
historia en si de lo que hoy es Ca Beleño.
Se fue el llorado Orlando (con un corazón tan grande como las campanas
que bebía), se fue para siempre a una tumba cálida donde yace
junto a su gaita, los primeros años del bar y el recuerdo de muchos
que le añoramos. Pero siempre nos queda la presencia fiel de un Jose
“Guinness”, y de los Luilos con “pinta-compañera”
en mano para las noches de mil horas y el batallar donde se tercie, la imagen
de Xurde, Alvaro, Yayo, Fonsu Yago”, Roberto o el mismo Frankie, artífice
y sustento de la historia Belénica y, atrevidamente quien abajo firma
incluyéndose como sabedor de no haber topado jamás con mejor
y tamaña camadería común hacia una disculpa sin posible
discusión: el folk pasa por Beleño, las Jam-Session son escuela
y excusa de lo por venir. Se arriman unas músicas y cientos de ellas
se van; se quedan las banderas, los conciertos, las noches infinitas...
Se van los rostros, los acentos, los amigos, las resacas y se queda la leyenda.
Porque a Ca Beleño siempre se vuelve (A.A.GAEL ). |